sábado, septiembre 30, 2006

La costumbre de la soledad

A fines de octubre del 2000, después de la asamblea en la que sin saber ni cómo me había quedado sin trabajo, me encontraba en un café, leyendo The New York Times, un poco por verdadero interés en las noticias, otro poco por darme un lujo antes de sumirme en la vida ascética que me anunciaba mi flamante calidad de desempleada, pero, más que nada, por no tener que pensar en lo que realmente me preocupaba: ¿qué iba a hacer con mi vida? En realidad no tuve tiempo de llegar a angustiarme. No tenía ni quince minutos de estar sentada cuando se me acercó un señor de unos setenta y tantos años, impecablemente vestido con traje de tres piezas, y al que sólo le faltaba el sombrero y la flor en el ojal para parecer galán de película de Arturo de Córdoba. Con todo el respeto que pudo desplegar, me dirigió una sarta de piropos, primero a mi belleza física y luego a mi inteligencia, cuando se dio cuenta de que estaba leyendo el periódico neoyorkino. No me hizo la petición, pero la adiviné, así que lo invité a sentarse conmigo, complacida con este encuentro imposible entre un anciano burgués y una joven desempleada. Así me enteré de que se trataba del licenciado Covarrubias, don Alberto como le llegué a decir después, retirado ya de sus negocios, ahora manejados por su hijo, Alberto Jr. De entrada excluí cualquier intención oculta en el hecho de que se me hubiera acercado. Su figura era totalmente avuncular y su generosidad natural le hacía andar ofreciendo ayuda a cuanta dama afligida se topaba en su camino. De ese modo, en cuanto supo que me acababa de quedar sin trabajo, me preguntó todas mis habilidades, estudios y experiencia laboral. Noté que, al tiempo que me escuchaba con mucha atención, estaba revisando mentalmente su agenda, buscando el contacto indicado. Pues apenas terminé de hablar, él sacó su tarjeta de presentación, escribió con letra menuda y cuidada una recomendación y me dijo que fuera a ver a esa persona, a nombre suyo. Se trataba de la representación de una firma de inversiones, Howe Barnes Investment, de Chicago, que necesitaban de mis servicios de traducción para atender a su mercado latinoamericano. Como siempre, mi reacción inicial fue rechazar su ayuda. Afortunadamente no llegué a externar ese rechazo. De algo tendrían que servirme las incontables horas de terapia en las que había analizado mi rechazo automático a los ofrecimientos de otros, parte de mi desconfianza natural hacia la gente. Claro, este tema, como otros, habré de analizarlo en otra ocasión. El caso fue que, en lugar de rechazarla, le agradecí la ayuda. Después, él me pidió mis datos, para "mantener el contacto" como dijo. Ese contacto se mantiene a la fecha y puedo decir que en don Alberto he encontrado todo el apoyo y la ayuda que mi limitada capacidad me permite aceptar. Después me enteraría de que don Alberto llegó a cobijar la esperanza de que me convirtiera en su nuera. Alberto Jr. tenía ya 32 años cuando lo conocí y no daba señales de casarse. Vivía por su cuenta y tenía un genio entre colérico y melancólico. En una ocasión, don Alberto me invitó a cenar a su casa para que yo lo conociera. Me pareció un tipo muy diferente de su padre, triste, depresivo, casi resentido pese a tener a su disposición más oportunidades de las que cualquier otro podría aprovechar. Era obvio que le pesaba la sombra de su padre y, al mismo tiempo, que no quería privarse de ella. Totalmente cerebral, toda la conversación con él, en esa ocasión y cuando llegamos a salir él y yo solos, giraba en torno de temas "culturales": música clásica, historia, sobre todo de Europa, los pintores más destacados y de repente una que otra noticia de actualidad. Él conjugaba la primera persona sólo en futuro: al hablar de sí mismo, siempre mencionaba sus planes; nunca hablaba de lo que había hecho y jamás le oí mencionar un sentimiento más allá del placer que le produjera una obra de arte. A pesar del cariño que sentía por su padre, nunca me sentí comprometida con Alberto Jr. para tratar de mantener con vida artificial mi relación con él. Me costaba trabajo sentir incluso simpatía por él, pues me molestaba el desperdicio de oportunidades que representaba. Su plática, aunque interesante al principio, me resultó repetitiva desde la tercera vez. Y el empeño con el que se cuidaba de manifestar sus sentimientos llegó a parecerme ofensivo, como si no me considerara digna de compartirlos conmigo. Del único detalle de la vida personal de Alberto Jr. que conocí me enteré por mera casualidad, y no precisamente a través de él. Una tarde que estaba esperándolo para salir a cenar, contra su costumbre no llegó puntual y le hablé a su casa para averiguar qué había pasado. Me contestó la muchacha que le iba a hacer el aseo y ella me dijo, dando por hecho de que yo ya estaría enterada, que Alberto Jr. había tenido que ir al hospital a ver a su hijo, que había tenido una urgencia médica. Días después, don Alberto me confirmaría que, efectivamente, su hijo estuvo casado tres años con una tal Nora, una argentina que, después del divorcio, decidió quedarse en México para no separar al niño de su padre. Alberto Jr., claro, se hacía cargo plenamente de su manutención. Al rato, Alberto me llamó para disculparse por la tardanza y cuando finalmente pasó por mí, no dijo ni una palabra acerca de su hijo. Sólo explicó que le había surgido una urgencia, sin precisar de qué tipo. Por mi parte, yo nunca le toqué el tema. Mi relación con Alberto Jr. murió de muerte natural. Primero, porque para entonces yo ya estaba viviendo en Cuernavaca; él vivía en México y, si bien al principio venía todos los fines de semana para salir a algún lado, sus visitas se fueron espaciando. Yo tampoco fomenté mucho la relación, pues no podía sentir la ternura, el cariño o la compasión necesaria para sentirme involucrada emocionalmente. Fue, pues, una relación totalmente intelectual y casi estaría tentada de decir que fue por conveniencia. Mi vínculo con Orlando lo sentía totalmente desaparecido, o por lo menos suspendido, y tener a Alberto Jr. para salir y divertirme los fines de semana me parecía lo más conveniente. A mediados del 2001 caí en la cuenta de que tenía más de un mes de no ver a Alberto Jr. Ni siquiera lo había llamado por teléfono el día de su cumpleaños —era cáncer del 24 de junio─ para felicitarlo. Sentí mucha pena, más por mí que por él o por “nuestra relación”. Me sentí vacía al aceptar que no me importaba no volver a verlo, que entre nosotros en realidad nunca había habido ningún componente emocional. Que los dos nos veíamos sólo para disfrutar un poco de la compañía, de la calidez de otro cuerpo, pero que lo habíamos estado haciendo sin la participación de ningún sentimiento. Entonces comprendí que desde que salía con Alberto Jr. ya me había acostumbrado a la soledad.

jueves, septiembre 21, 2006

Mi vida en la Palm

Mi segunda relación importante la inicié a fines de 1999 con Orlando, un chavo cuyo olor nunca pude definir con precisión, aunque algo tenía de salado y de marino. Pero lo que me mantuvo a su lado fue definitivamente su intelecto. Mauricio era dulce y tierno, alguien que no temía tocarse por dentro, que no se avergonzaba de sentir y de externarlo. Y Orlando era muy diferente. No que fuera frío o insensible, sino simplemente que no lo manifestaba. Con él nunca podía saberse qué estaba sintiendo. Su acercamiento a la vida era totalmente racional y si ayudaba a los demás —y los ayudaba mucho, por cierto— no era por compasión sino por principios. Él era asesor en la secretaría de gobernación, además de dar clases en la UAM y su vida estaba regida por su Palm. En ella apuntaba sus citas conmigo, nuestras salidas al cine —afición que ambos compartíamos—, las reuniones con los amigos e incluso las pocas reuniones familiares a las que se permitía asistir, pues aunque no estaba reñido con su familia, no la frecuentaba mucho. Pero tenía una mente brillante y para mí eso era suficiente para estar a su lado. Además, no se piense que no tenía sentimientos, sino que los demostraba muy a su manera. Poco a poco fui entendiendo y aceptando sus modos y nuestra relación entró en una fase de armonía y maduración muy disfrutable. Eso sí, siempre enmarcada en la agenda. Una salida a Tequesquitengo, por ejemplo, nos tomó tres semanas de preparativos. Yo conocí a Orlando en octubre de 1999 y en julio del 2000, con la derrota del PRI, su mundo tan cuidadosamente planeado empezó a desmoronarse. Supongo que en su Palm no cabía la eventualidad de quedarse en la banca, con un simple medio tiempo en la UAM, como anticipaba estar al iniciarse el milenio con el partido rival en el poder. Al día siguiente de la derrota del PRI empezó a mover hilos y palancas para, por lo menos, sacar algún provecho antes de que lo apartaran del presupuesto. Y así, a mediados de agosto me anunció, muy contento, que había conseguido una beca para una maestría en administración pública en Harvard. El angelito había logrado asegurar su sobrevivencia por lo menos un año más y, claro, con la perspectiva de que al regresar esa maestría le abriera otras puertas, en especial del mundo académico. ¿Y yo? ¿Y nuestra relación? No, pues obviamente eso no cabía en su Palm. Él pensaba haber cumplido su responsabilidad conmigo consiguiéndome un trabajo en Excélsior, gracias a sus múltiples contactos. Entré al periódico poco después de haber concluido los estudios, en abril del 2000. Mi paso por el periódico es también otra historia en la que ahora no quiero detenerme. La ayuda que me dio Orlando se agotó al mismo tiempo que su presencia a mi lado, cosa que ahora me parece muy significativa. Como si el encanto de mi hada madrina se hubiera desvanecido al desaparecer ella. En octubre del 2000, un mes después de que Orlando se fuera, Regino y toda su gente fueron expulsados del periódico. Yo salí junto con ellos, no por solidaridad, sino porque, sabiendo que no tendría ningún apoyo en las alturas, no quise quedarme en un ambiente que desde un principio me fue hostil. Recuerdo que al lunes siguiente de la asamblea en la que destituyeron a Regino, estaba yo en un café de la Condesa, tratando de organizar mi vida. De pronto me había quedado sin relación y sin trabajo. Claro, formalmente, la relación existía. Orlando se había ido con el firme compromiso de volver y reanudar nuestra relación. Pero decidió que ésta entrara en una fase "abierta". Es decir, nos íbamos a permitir explorar otras posibilidades. Esa propuesta, advierto, vino de él, que dijo que deberíamos de “ver” a otras personas. ¿Ver? En realidad lo que él quería es que yo le diera carta blanca para acostarse con quien pudiera allá en Boston. Llegar allá sin el amarre de una relación a distancia. Cuando yo le dije que sí, me di cuenta de que ya no me importaba: yo estaba desencantada de su actitud tan fría y distante hacia nuestra relación; de ser yo la que cargara casi exclusivamente la responsabilidad de mantenerla. Y también de que hubiera antepuesto su interés personal a nuestro interés común. Cuando me dijo que abriéramos nuestra relación, lo entendí también como una manera muy velada, muy a su estilo, de ponerle punto final a lo nuestro, aunque él dijera que eran puntos suspensivos.

martes, septiembre 19, 2006

Creencias infantiles

De niña no creía en las ballenas. Las consideraba seres tan mitológicos como los pegasos y los unicornios. Creo que esto se debió en parte al relato de Jonás, esa versión bíblica de Pinocho: si todo lo que leía en los libros de historia sagrada que me regalaba mi abuela estaba a la altura de muertos que vuelven a la vida, zarzas ardientes que hablan y mujeres que se convierten en sal, la ballena de Jonás lógicamente tenía que pertenecer a la mitología. No me pregunten por qué sí creía en los burros y camellos, otros animales que aparecen en los relatos bíblicos. Seguramente mis visitas al zoológico impidieron que dudara de su existencia. De niña creía que los vampiros tenían huecos los colmillos, con un hoyito en la punta que les permitía usarlos de popotes. Clavaban los colmillos en la vena y así chupaban la sangre. Enterarme de que no existen los vampiros fue tan decepcionante como saber que Santa Claus también era otro ser mítico. Cuando se me caía al suelo algo de comer, mi abuela siempre me decía que no había que levantarlo pues "ya lo había besado el diablo". El diablo, como sabemos, vive en el infierno, que está allá abajo, en el centro de la Tierra, ¿no? Entonces me imaginaba que el diablo se la pasaba desplazándose por el interior del planeta, besando cuanta cosa se hubiera caído, nomás para echarla a perder. Pero eso me dio una idea para ver al diablo en persona: si yo dejaba caer una paleta en el segundo piso de la casa, para besarla el diablo tendría que atravesar el primero. Y alguien que estuviera ahí podría verlo. Nunca pude llevar a cabo mi experimento: mis hermanos se burlaron de mí cuando les pedí que uno de ellos dejara caer una paleta en su recámara mientras yo estaba abajo esperando a la visión infernal. Una de las sensaciones más liberadoras que tuve de chica fue descubrir que, a diferencia de los zapatos, las calcetas pueden usarse indistintamente en cualquier pie. Antes tenía que seguir un elaborado ritual para averiguar cuál era la calceta izquierda y cuál la derecha. De niña tenía la certeza de que cuando fuera grande me iba a dedicar a la carpintería, iba a viajar a la Luna, a ir de cacería al África y a hacer la peregrinación a la Meca, aunque no fuera musulmana. A la edad que tengo ahora, pensaba yo de niña, ya iba a haber saltado en paracaídas, ganado un torneo de ajedrez, aprendido alemán y tenido varios hijos. También hubiera sido doctora, dentista, psicóloga, bióloga, química y arquitecta. Lo que nunca pensé es que llegaría a ser lo que soy.

viernes, septiembre 15, 2006

Breve reflexión antes de seguir con la historia

Nunca he querido creer en el destino. Como diría José Emilio Pacheco, “su fulgor abstracto es inasible”. Pero cuando pensamos en todas las vueltas y revueltas que tuvo que dar la vida para que una persona — en el caso que nos ocupa, la mía— llegue a este mundo, es difícil no ceder a la tentación de creer en un Gran Titiritero que mueve los hilos para que se cumplan sus designios. Cualquier detalle que faltara en el libreto haría imposible su realización cabal. Ahí es cuando caemos en el juego de los “si hubiera”: si no hubiera estallado la guerra civil española, si mi abuelo Manuel se hubiera quedado en París o en Nueva York, si mis abuelos Benito y Mercedes hubieran conseguido refugio en Francia... yo no habría existido. Mi padre me decía que yo era mexicana “por culpa de Franco”, pues de no haber sido por la guerra, tanto él como mi madre hubieran nacido y vivido en España. Y yo también. Pero eso significa que mi abuelo Manuel y mi abuela Amelia hubieran tenido que conocerse allá también, cosa que hubiera sido muy difícil dados sus orígenes tan diferentes. Y que mis padres también se conocieran allá. A fin de cuentas, buscar al Gran Titiritero obedece a la necesidad de encontrarle significados y designios sobrenaturales a nuestra existencia, sin olvidar el relevo de responsabilidad que implica el hecho de que “las cosas pasan por alguna razón”, aunque esa razón siempre escape a nuestra comprensión. Si existe el destino, nuestra responsabilidad se reduce a descubrirlo y cumplirlo, obviando toda consideración adicional. A fin de cuentas, pienso que el destino es algo del que sólo podemos hablar en pasado. Es decir, lo que nos ha sucedido es lo que nos estaba destinado, lo que tuvo que ocurrir dada la suma de circunstancias. Así, conocer a alguien significa simplemente coincidir en tiempo y lugar con esa persona, sin que haya ningún propósito oculto de un Libretista Superior que necesite que surja esa relación para que se cumpla el libreto. Somos pasmosamente libres. Y el horror a esa libertad quizá sea lo que nos lleva a buscar refugio al amparo de una entidad suprema. Y al mismo tiempo, estamos miserablemente atados y restringidos por necesidades, estamos condicionados por tantos factores que su número cae en el dominio de lo incognoscible, de lo “sobrenatural” para algunos. En fin, volviendo a Pacheco, no creo en el destino, pero sí en una que otra coincidencia de gustos, inclinaciones... y en tres o cuatro ríos.

sábado, septiembre 09, 2006

Orígenes remotos

Benito Villegas Mendoza, natural de Alicante pero avecindado en Madrid desde su infancia, y María de las Mercedes Fernández de Villegas, ya estaban casados pero no tenían hijos cuando tuvieron que escapar de la ciudad, ante el avance de las fuerzas franquistas. Tras un aventurado recorrido llegaron a Barcelona, de donde pudieron cruzar a Francia. A fines de 1937 se embarcaron en Marsella rumbo a México, donde el gobierno de Lázaro Cárdenas estaba recibiendo generosamente a los republicanos españoles. Después de probar suerte en Veracruz, el matrimonio Villegas se instaló en Xalapa, donde Benito pudo montar su taller de sastrería y ejercer el oficio de toda su vida. Tras dos intentos frustrados por tener descendencia, en 1941 María de las Mercedes dio a luz a una niña, a quien llamaron Graciela en memoria de la madre de Benito, que Dios tenga en su gloria. Dos años después llegó Federico, en un parto tan problemático que los médicos tuvieron que recomendar seriamente que la pareja ya no tratara de tener más hijos. Ése fue el origen de mi padre, “español nacido mexicano”, como solía decir antes de abandonar la nacionalidad mexicana para quedarse con la española de sus padres y la estadunidense de su segunda esposa. El origen de mi madre fue bastante más azaroso. Manuel González Arcaute también salió de España huyendo del franquismo, pues sus antecedentes anarquistas lo pusieron en la mira del gobierno surgido después de la guerra civil. Así, a mediados de 1939 llegó a París, donde encontró empleo en una imprenta gracias a sus contactos anarquistas. Pero meses después, a mediados de 1940, tuvo que escapar de nuevo ante el avance de las fuerzas nazis sobre la ciudad. Llegó a Londres y de ahí se embarcó a Nueva York. Ahí trabajó para un periódico que se editaba en español, malviviendo con colaboraciones esporádicas, que supongo proclamas inflamadas en contra de la guerra que ya para entonces devastaba a Europa. Pero su destino aún no estaba resuelto. En el estrecho círculo de refugiados españoles conoció a Amelia Montilla Vargas y así, en busca de sus favores, Manuel empezó a aspirar a horizontes más amplios de los que hasta entonces tenía. Contra todos sus principios aceptó una posición de agente viajero para una fábrica de ropa que, aunque le robaba tiempo para estar con Amelia, le permitiría ofrecerle a ella algo más que un obscuro destino compartido en la buhardilla que habitaba. Mejorada su posición económica, Manuel se animó a proponerle matrimonio a Amelia, el cual celebraron en 1942. Para entonces, Estados Unidos ya estaba en guerra, cosa que a Manuel no le hacía nada de gracia. No porque hubiera la posibilidad de que lo mandaran al frente: él, como ciudadano de un país “neutral” en el conflicto, estaba al margen de eso. Era más bien una cuestión de principios. Por lo mismo, nunca pudo explicar por qué decidió irse a vivir a México, pues para entonces, después del incidente del Potrero del Llano, el gobierno de Ávila Camacho ya le había declarado la guerra al Eje. Como quiera que haya sido, Manuel y Amelia llegaron a Puebla a mediados de 1943, con el encargo de hacer contactos comerciales con las empresas textileras para la firma para la que él trabajaba. Pocos años después, él mismo abriría su propia fábrica. Establecido ya dentro de la burguesía que siempre atacó, Manuel cumplió cabalmente el precepto bíblico y se reprodujo copiosamente: de 1944 a 1951, Amelia dio a luz a un hijo por año; a mí madre, María del Pilar, le tocó el turno de 1949.

lunes, septiembre 04, 2006

Viñetas de infancia

Abro un cajón y encuentro viejas fotos de mi infancia. Bueno, no tan viejas, pero sí casi olvidadas. Una me muestra en patines, tumbada en el suelo, seguramente después de una caída. Traigo el pelo recogido en una cola de caballo, un grueso suéter y pantalones de mezclilla. Como dije, estoy tumbada en el suelo, en la calle, mejor dicho. Apenas puede verse en el fondo una cortina de metal y los inconfundibles letreros de una miscelánea. Ha de ser temprano, pues la tiendita aún está cerrada. Además, las sombras son largas por la oblicuidad del sol mañanero. En esa viñeta yo tengo unos siete años y a juzgar por mi ropa, ha de ser invierno. ¿Serían esos patines un regalo de Navidad? No lo recuerdo. En todo caso puedo fecharla a fines de 1982 o principios de 1983. Mala época, ¿no es así? En mi familia no se hablaba más que de crisis e inflación. Quizá, después de todo, esos patines no fueran regalo de Navidad, sino herencia de algún primo mayor, que tenía por montones. En la foto no aparece nadie más, lo cual es comprensible: una hija prácticamente única no encuentra compañeros de juegos fácilmente (mis hermanos son bastante mayores que yo, ¿qué podía hacer con ellos?). Me salía en las tardes a vagar por las calles de mi colonia, hasta que esa actividad me fue prohibida por unos padres más preocupados por mi seguridad que por mi diversión. ¿Era insegura la colonia Escandón? No me consta. Yo jugaba tranquilamente en el parque detrás del mercado y no recuerdo un solo incidente violento. Con todo, sí tenía compañeros de juegos. El Pollo, Jenny y Carlos eran mis mejores amigos y entre los cuatro jugábamos futbol, bote pateado o andábamos en bici dándole vueltas al parque. Ya más grandes, como a los 9 o 10 años, llegamos a jugar botella en el kiosko del parque. Así recibí mis primeros besos: los castos en la mejilla de Carlos, siempre tímido, los más directos en los labios del Pollo, que me dejaban un sabor salado, y los apasionados de Jenny, a quien no volvería a ver después, cuando su familia se cambió de casa. Con el Pollo me seguí besando a escondidas, ya sin necesidad de jugar a la botella, e incluso habíamos hecho el compromiso de perder juntos la virginidad cuando yo cumpliera 15 años. No fue así. También él desapareció de mi vida, años más tarde, cuando el amargo divorcio de sus padres hizo que su madre se fuera con él a Zacatecas. Eso ocurrió más de un año antes de mis 15 años. Por lo demás, nunca lo volví a ver. Con Carlos mantuve el contacto aun después de que su familia se cambió de casa. De repente me hablaba y venía a verme, siempre con algún regalito. Pero nunca se le quitó lo tímido, nunca me habló de sus sentimientos, nunca se atrevió a franquear el umbral de una amistad infantil, por más pasión que yo adivinaba ya en su mirada. Después de estudiar física en la facultad de ciencias, obtuvo una beca para irse a Inglaterra, donde vive a la fecha. Allá conoció a una chica hindú con la que vive. De vez en cuando recibo sus mensajes de correo electrónico y así hemos mantenido un contacto que, ahora que lo veo, ya tiene más de veinte años.

lunes, agosto 28, 2006

El gusanito de escribir

Muy poco tiempo después de regresar de nuestra luna de miel, la rutina ya se había asentado entre nosotros. Entre su negocio de importaciones y sus asesorías a organizaciones asistenciales, Carlos pasaba todo el día fuera de casa; a veces regresaba cuando yo ya estaba dormida o se iba antes de que despertara, y pasaban días enteros sin que se cruzaran nuestras miradas. Eso sí, los viernes, con puntualidad religiosa, nos íbamos en la tarde a Toledo, a pasar el fin de semana a casa de su familia. No estaba mal; los papás, aunque católicos empedernidos y conservadores recalcitrantes, eran buenas personas y tenían conmigo todo tipo de consideraciones y amabilidades. Teresa, la hermana mayor, por el contrario, era bastante reventada y divertida. Era arquitecta y por lo menos se podía platicar con ella. Pilar, la otra hermana, ya estaba casada y era lo opuesto: aburrida como una ostra, se dedicaba a perseguir a su hijo de tres años por toda la quinta, para evitar que le pasara algo malo, y a adivinarle los deseos a su marido, otro personaje soso y anodino que de remate era contador. Lo único bueno que tenía Manuel, el concuño, eran sus gustos musicales: extrañamente era fan de Chicago, Queen, Led Zeppelin y otros rockeros de esa época. Violando el mandamiento del no robarás, me pasó casi toda su colección en emepetrés. Cosa que le agradecí, pues en ese tema, Carlos era de oír a Plácido Domingo, a Andrea Boccelli, a un pianista empalagoso de cuyo nombre preferiría olvidarme y demás cursiladas por el estilo. De Toledo regresábamos los lunes temprano; Carlos me dejaba en la casa y se seguía a la oficina, a veces sin hacer escala siquiera para orinar. Ya empezaba yo a sentir el fastidio del aburrimiento cuando me enteré de un taller literario, dirigido por alguien que ostentaba muy buenas credenciales, Álvaro Pombo, periodista, escritor, promotor cultural y etcétera, etcétera. Don Álvaro tenía un conocimiento casi matemático de la estructura del relato. Su enfoque era totalmente práctico y se limitaba a señalar las líneas y puntos que había que trazar para lograr una narración “redonda”, como la llamaba. El “relleno”, decía, ya era responsabilidad de nosotros. En teoría, el taller se impartía dos veces por semana, lunes y jueves por la mañana, pero una persona ociosa como yo podía estar ahí todos los días, en la biblioteca del centro cultural, platicando con quien se me pusiera enfrente o simplemente leyendo el periódico o escribiendo en la cafetería. Eso me parecía mejor que pasarme las mañanas dando vueltas por la casa de Carlos porque, como dice el chiste, por lo menos conocía a más gente. Además, tenía el plus de que esa gente era interesante y compartía mis gustos. Allá en el fondo, me consideraba —aún me considero en realidad— una escritora frustrada. Si entré en la carrera de periodismo fue porque pensé que de algún modo aprendería a escribir. Nunca quedé conforme con los resultados y siempre tuve ganas de entrar a un taller para sentir que realmente afilaba mis lápices de escritora. Y, sobre todo, tuve ganas de frecuentar un ambiente literario, en el que se pudiera no sólo hablar de libros, sino de literatura, de géneros, autores, corrientes; un ambiente que me alimentara el gusanito de escribir pues, por más que siempre me lo proponía, nunca encontraba el humor de sentarme a escribir. El taller suponía, se encargaría de eso.