La costumbre de la soledad
A fines de octubre del 2000, después de la asamblea en la que sin saber ni cómo me había quedado sin trabajo, me encontraba en un café, leyendo The New York Times, un poco por verdadero interés en las noticias, otro poco por darme un lujo antes de sumirme en la vida ascética que me anunciaba mi flamante calidad de desempleada, pero, más que nada, por no tener que pensar en lo que realmente me preocupaba: ¿qué iba a hacer con mi vida?
En realidad no tuve tiempo de llegar a angustiarme. No tenía ni quince minutos de estar sentada cuando se me acercó un señor de unos setenta y tantos años, impecablemente vestido con traje de tres piezas, y al que sólo le faltaba el sombrero y la flor en el ojal para parecer galán de película de Arturo de Córdoba. Con todo el respeto que pudo desplegar, me dirigió una sarta de piropos, primero a mi belleza física y luego a mi inteligencia, cuando se dio cuenta de que estaba leyendo el periódico neoyorkino. No me hizo la petición, pero la adiviné, así que lo invité a sentarse conmigo, complacida con este encuentro imposible entre un anciano burgués y una joven desempleada.
Así me enteré de que se trataba del licenciado Covarrubias, don Alberto como le llegué a decir después, retirado ya de sus negocios, ahora manejados por su hijo, Alberto Jr. De entrada excluí cualquier intención oculta en el hecho de que se me hubiera acercado. Su figura era totalmente avuncular y su generosidad natural le hacía andar ofreciendo ayuda a cuanta dama afligida se topaba en su camino. De ese modo, en cuanto supo que me acababa de quedar sin trabajo, me preguntó todas mis habilidades, estudios y experiencia laboral. Noté que, al tiempo que me escuchaba con mucha atención, estaba revisando mentalmente su agenda, buscando el contacto indicado. Pues apenas terminé de hablar, él sacó su tarjeta de presentación, escribió con letra menuda y cuidada una recomendación y me dijo que fuera a ver a esa persona, a nombre suyo. Se trataba de la representación de una firma de inversiones, Howe Barnes Investment, de Chicago, que necesitaban de mis servicios de traducción para atender a su mercado latinoamericano.
Como siempre, mi reacción inicial fue rechazar su ayuda. Afortunadamente no llegué a externar ese rechazo. De algo tendrían que servirme las incontables horas de terapia en las que había analizado mi rechazo automático a los ofrecimientos de otros, parte de mi desconfianza natural hacia la gente. Claro, este tema, como otros, habré de analizarlo en otra ocasión. El caso fue que, en lugar de rechazarla, le agradecí la ayuda. Después, él me pidió mis datos, para "mantener el contacto" como dijo. Ese contacto se mantiene a la fecha y puedo decir que en don Alberto he encontrado todo el apoyo y la ayuda que mi limitada capacidad me permite aceptar.
Después me enteraría de que don Alberto llegó a cobijar la esperanza de que me convirtiera en su nuera. Alberto Jr. tenía ya 32 años cuando lo conocí y no daba señales de casarse. Vivía por su cuenta y tenía un genio entre colérico y melancólico. En una ocasión, don Alberto me invitó a cenar a su casa para que yo lo conociera. Me pareció un tipo muy diferente de su padre, triste, depresivo, casi resentido pese a tener a su disposición más oportunidades de las que cualquier otro podría aprovechar. Era obvio que le pesaba la sombra de su padre y, al mismo tiempo, que no quería privarse de ella. Totalmente cerebral, toda la conversación con él, en esa ocasión y cuando llegamos a salir él y yo solos, giraba en torno de temas "culturales": música clásica, historia, sobre todo de Europa, los pintores más destacados y de repente una que otra noticia de actualidad. Él conjugaba la primera persona sólo en futuro: al hablar de sí mismo, siempre mencionaba sus planes; nunca hablaba de lo que había hecho y jamás le oí mencionar un sentimiento más allá del placer que le produjera una obra de arte.
A pesar del cariño que sentía por su padre, nunca me sentí comprometida con Alberto Jr. para tratar de mantener con vida artificial mi relación con él. Me costaba trabajo sentir incluso simpatía por él, pues me molestaba el desperdicio de oportunidades que representaba. Su plática, aunque interesante al principio, me resultó repetitiva desde la tercera vez. Y el empeño con el que se cuidaba de manifestar sus sentimientos llegó a parecerme ofensivo, como si no me considerara digna de compartirlos conmigo.
Del único detalle de la vida personal de Alberto Jr. que conocí me enteré por mera casualidad, y no precisamente a través de él. Una tarde que estaba esperándolo para salir a cenar, contra su costumbre no llegó puntual y le hablé a su casa para averiguar qué había pasado. Me contestó la muchacha que le iba a hacer el aseo y ella me dijo, dando por hecho de que yo ya estaría enterada, que Alberto Jr. había tenido que ir al hospital a ver a su hijo, que había tenido una urgencia médica. Días después, don Alberto me confirmaría que, efectivamente, su hijo estuvo casado tres años con una tal Nora, una argentina que, después del divorcio, decidió quedarse en México para no separar al niño de su padre. Alberto Jr., claro, se hacía cargo plenamente de su manutención.
Al rato, Alberto me llamó para disculparse por la tardanza y cuando finalmente pasó por mí, no dijo ni una palabra acerca de su hijo. Sólo explicó que le había surgido una urgencia, sin precisar de qué tipo. Por mi parte, yo nunca le toqué el tema.
Mi relación con Alberto Jr. murió de muerte natural. Primero, porque para entonces yo ya estaba viviendo en Cuernavaca; él vivía en México y, si bien al principio venía todos los fines de semana para salir a algún lado, sus visitas se fueron espaciando. Yo tampoco fomenté mucho la relación, pues no podía sentir la ternura, el cariño o la compasión necesaria para sentirme involucrada emocionalmente. Fue, pues, una relación totalmente intelectual y casi estaría tentada de decir que fue por conveniencia. Mi vínculo con Orlando lo sentía totalmente desaparecido, o por lo menos suspendido, y tener a Alberto Jr. para salir y divertirme los fines de semana me parecía lo más conveniente.
A mediados del 2001 caí en la cuenta de que tenía más de un mes de no ver a Alberto Jr. Ni siquiera lo había llamado por teléfono el día de su cumpleaños —era cáncer del 24 de junio─ para felicitarlo. Sentí mucha pena, más por mí que por él o por “nuestra relación”. Me sentí vacía al aceptar que no me importaba no volver a verlo, que entre nosotros en realidad nunca había habido ningún componente emocional. Que los dos nos veíamos sólo para disfrutar un poco de la compañía, de la calidez de otro cuerpo, pero que lo habíamos estado haciendo sin la participación de ningún sentimiento. Entonces comprendí que desde que salía con Alberto Jr. ya me había acostumbrado a la soledad.
